Jueves, 14 de octubre de 2004
El pasado sábado día 9 de octubre, John Lennon hubiese cumplido 64 años. Tanto hemos perdido, tanta vida hemos dejado de vivir, que me empapa los labios y me envenena la sonrisa la amargura de esta reflexión: sólo la capacidad de destruir, de hacer daño, iguala realmente al ser humano.
Sé que un argumento tan simple es forzosamente más falso que el alma de Judas, pero no de otra forma podría explicarse el que un tipejo del que, afortunadamente, ni su puta madre recuerda el nombre, pueda terminar impunemente -ningún castigo basta- con la vida de Lennon en medio de una calle con gente. Durante un solo instante, la asquerosa cumbre de una vida inmerecida, esa escoria -probablemente un deprivado social, un excluido, una víctima de la sociedad- ha sido más que millones de personas a sus pies, más que la música del siglo XX, más que un símbolo y un hombre. No ha sido Lennon, no lo será nunca nadie, sino que ha tenido el poder de destruirlo. No son magnitudes comparables, no es lo mismo -la equivalencia es una abstracción, un convencionalismo políticamente correcto-, pero la capacidad de alterar o invertir el sí y el no, el más y el menos, el bien y el mal, es algo inherente al ser humano como lo son la muerte, el duelo, el horror y la injusticia.
Quizá él te perdonaría, pero nosotros no. Yo no, quiero decir. No te sorprendas, hijo de la gran puta, fuiste tú quien mató la esperanza.
Por: YAMBRA | Te lo digo a la cara | Comentarios (0) | Referencias (0)
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