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YAMBRA

Miércoles, 20 de octubre de 2004

[Te lo digo a la cara]

EL JUICIO DE PARIS




Entre los años 1632 y 1635, el genio voluptuoso del flamenco pintor de Siegen Pedro Pablo Rubens recreó con sus pinceles este celebérrimo y a la postre rentabilísimo, comprometido y emponzoñado aprieto de dimensiones mitológicas en el que, como dijo el poeta, se muestra bien a las claras que elegir es carecer. Asumió una tradición artística de la que pueden documentarse importantes testimonios ya en tiempos de la antigua Roma, que ha contado también con la brillante aportación del valenciano (La Font de la Figuera) Juan de Juanes, que ha provocado además un sinfín de aproximaciones distintas (obviamente no todas igual de estimables), y que incluso hemos podido reencontrar en una nueva versión del propio pintor (1938-1639), que súbditamente se hizo así eco del encargo realizado por el atractivo prognato monarca español Felipe IV y que hoy adorna las paredes del Museo del Prado.
Se trata en el cuadro el episodio acaecido en la boda entre un mortal y una diosa, Peleo y Tetis, a la postre padres del héroe Aquiles. Peleo, considerado el más justo de los mortales, fue discípulo de Quirón y Argonauta de pro, y Tetis, la de los pies de plata, hija de Nereo y condenada a un destino gris ya que el oráculo vaticinó que el hijo que alumbrase superaría a su padre. Por ello Zeus y Poseidón renunciaron a ella (no querían que su hijo hiciese con ellos lo que ellos hicieron con Cronos), y se le buscó un marido entre los hombres. A la boda fueron invitados tanto dioses como mortales, pero no todo el mundo quedó satisfecho. La diosa Eris, la Discordia, no fue invitada, y se hizo notar del siguiente modo: apareció en la fiesta con una manzana de oro que llevaba grabada la siguiente inscripción: “Para la más bella”. La dejó sobre la mesa de los dioses y se fue.
Tres diosas (imaginaos el duelo de miradas) se consideraron acreedoras del título y se lanzaron a por la manzana. Ante la delicadísima situación creada, Zeus decidió intervenir de un modo muy particular y que le permitiese mantenerse al margen sin tener que significarse tomando tan peligrosísima decisión. Convocó a su hijo Hermes, al que encargó que condujese a las tres diosas, Hera, Atenea y Afrodita, al monte Ida, junto a Troya, y se las presentase a Paris, bello pastor de los rebaños reales, que resultó así agraciado con un lugar preponderante en la historia universal de la literatura. Paris era hijo del rey Príamo de Troya y de su segunda esposa, Hécuba, la cual durante el embarazo soñó que daba a luz una antorcha que incendiaba y destruía la ciudad. Los adivinos interpretaron que el nasciturus sería la perdición de Troya, así que cuando nació le abandonaron en la montaña, donde fue recogido por unos pastores que le pusieron por nombre Alejandro (el protector o el protegido).
El cuadro representa el momento en el que cada diosa muestra a Paris sus atributos y le promete lo que le dará si es la elegida: Hera le ofrece el imperio de Asia, Atenea la prudencia y la victoria en todos los combates, y Afrodita el amor de la mortal más bella de Grecia, Helena de Esparta, esposa de Menelao.
La decisión del pusilánime Paris es de todos conocida: entregó la manzana a Afrodita, la cual desde entonces siempre le protegió, se granjeó eternamente el rencor y el odio de las otras diosas, y tras raptar a Helena y llevarla a su ciudad provocó la famosa guerra de Troya en la que, después de hacer bastante el ridículo y encumbrar a los altares de la heroicidad a su hermano Héctor, murió a manos del arquero Filoctetes.
Tras esta breve y helenizante digresión, intentaré retomar el hilo de lo que yo quería exponer. Siendo el tema de la mitología tan frecuentado por el arte, y el episodio del Juicio de Paris tan recreado a lo largo de la historia de la humanidad, me sorprendo ante la añoranza que experimento no ya porque no se vuelva a utilizar, sino por el hecho de que cuando aparezca en un lienzo no sea reconocido como tal.
El genial y avariciosamente vital Pablo Ruiz Picasso terminó en 1907 su cuadro Les Demoiselles d’Avignon. La interpretación más extendida es que Picasso representa en este lienzo a las prostitutas de un afamado burdel de la calle Avinyó de Barcelona.
Y yo digo: ¿a alguien más, viendo juntos los dos cuadros, se le antoja plausible una explicación mitológica como la anteriormente expuesta? ¿Desvarío? ¿Miente mi cerebro dibujando delirantes semejanzas entre imágenes independientes? ¿Alguien más piensa que esas putas no son sino diosas insinuantes que incitan a la perdición por un inmarcesible afán de belleza?

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