Martes, 30 de noviembre de 2004
Postrada te ofreces ante mí
en anhelante genuflexión.
Tus ojos brillan amarillos
sobre tu piel morena de pantera en celo.
Respiras fuerte, hambrienta,
sudando esa pasión
que rezuma cada poro de tu piel
sabrosa, húmeda y perfumada
con un olor de hembra salvaje
que como humo me embriaga
llenándome de ti los sentidos.
Tu ropa interior rasgada,
tu cuerpo derramado de lujuria
y esa mirada felina y turbia,
ingenua y viciosa a la vez,
que salpicada de estrellas
me abrasa como si pudieses tocarme,
enervando como un arco la carne dormida
cuyo licor gozosa acechas
adelantando los brazos y tensando la espalda.
Tan caliente estás y tan sedienta
que toda tú quisieras ser lengua.
Tus manos atadas
y la humedad entreabierta de tus labios,
mi desnudez erguida,
desafiando arrogante la ley de la gravedad,
que como un arma te apunta
al fondo de la garganta,
más allá de tus dientes,
más allá del escalofrío que sentirlos me produce,
mucho más allá de la saliva
que como un volcán trato de evaporar
como una rosa joven
que arrancase sus espinas contra tus dientes
con un estremecimiento delicado y profundo,
tierno como un niño travieso
y poderoso.
Y miro al suelo,
y tú estás ahí, de rodillas,
temblando,
como una fiera de insondables pupilas
implorando una caricia,
y se me eriza la piel sólo de pensarte,
de oírte jadear mientras te acercas,
y el estallido de mi mano
contra tu rostro
resuena en la habitación como un latigazo,
y esa lágrima primera
que como un mar diminuto
se vierte por tu mejilla encarnada,
arranca de tus labios una sonrisa de azúcar,
porque tú sabes tan bien como yo
que quien no llora no mama,
y ese llanto que tú me regalas
dibuja en tu piel la promesa
de un manantial de espuma hirviendo
que sin duda habrá de hacerte enmudecer.

Por: YAMBRA | Con la voz tomada | Comentarios (1) | Referencias (0)
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